Ceibos

La pantallita del microcomputador Cateye que tengo en el manubrio de la bici mostraba que ya había recorrido casi 20 kilómetros desde la salida. El reloj del teléfono celular marcaba las 7 en punto de la mañana. Apenas había cruzado algun L-gante volviendo de la bailanta, o un D-tonado sentado al lado del auto que apuntaba sus 4 ruedas al cielo en el fondo de una cuneta. No es fácil encontrar mucha gente pedaleando a esas horas. Y menos sacándole fotos a los ceibos que armonizan con el color de su bicicleta.

Respecto a lo primero, es solo cuestión de tiempo. Un rato después aparecerán los solitarios y los pelotones por todos lados. Algo que invita a ilusionarse con que este boom reciente del ciclismo no será solo una moda y un pasatiempo fashion, sino que llegó para quedarse.

Hace un par de meses el tránsito por la Ruta 12 en pleno departamento Islas del Ibicuy, al sur de Entre Rios, fue un deleite para la vista. Los espinillos florecidos fueron tiñiendo todo de amarillo como pocas veces lo había visto. Mas recientemente el colorido se tornó rojo, por los ceibos. Los mismos que voy encontrando en mi pedaleada por las inmediaciones del río Luján y del delta del Tigre.

La del ceibo es la flor nacional argentina. Un decreto presidencial lo estableció así en la década de 1940. No se si en aquel momento le habrán preguntado a los riojanos o a los chubutenses si estaban de acuerdo, o si sabían de que se trataba la susodicha, pero así se decretó. Para los uruguayos también es su flor patria. Y casualmente el 22 de noviembre se conmemora el día de dicha flor. Esto se instituyó en el año 2008. Algún iluminado mentor lo tendrá como un hito en su curriculum. La madera del ceibo no sirve para muchos usos, excepto para hacer bombos.

Así, en medio de ceibos, sauces, eucaliptus, jacarandaes y otros árboles que iban proyectando su sombra a los caminos por donde iba, fui acumulando kilómetros. De pronto un perro al que le alcancé a ver el brillo de sus colmillos me obligó a embalar para dejarlo atrás. La velocidad que alcancé hasta me hizo pensar que a lo mejor con un poquito mas de entrenamiento no estaría tan lejos de llegar aunque sea en la mitad de algún pelotón si me anotara en alguna carrera. Pero el segundo perro que me estaba esperando un poco mas adelante, al que apenas pude igualar en rapidez por el esfuerzo anterior, me demostró que plantearme cuestiones de ese tipo no parece resultar de lo mas apropiado, y que mejor que siga en modo cicloturismo nomás. Tal vez estos canes con aires de guardianes quedaron como remanente de las épocas en las que por allí, en Villa La Ñata, habitaba el Manco del Espanto, aquel fantasmagórico personaje que luego fue premiado por sus camaradas/cómplices con un traslado VIP a alguna comarca del Amazonas. O quizás eran solo callejeros, sin mayores condecoraciones.

Un par de veces me tocó parar para inflar una cubierta que se iba desinflando de a poquito. Era preferible eso a tener que cambiar cámara y enfrentarse a la conocida y no menor tarea de tener que volver a calzar la rígida e inestirable cubierta Continental en una llanta Campagnolo. Trabajito poco apto cuando uno ya viene cansado y el sol va haciendo realidad el pronóstico de mas de 30 grados.

Un par de cuadras antes de llegar a casa el Cateye marcó que había recorrido 100 kilómetros, con la precisión que viene demostrando desde que lo compré en el año 1990. El promedio : 30,5 kms/h. No es que que sea motivo para cargar a los lectores en un colectivo y llevarlos a festejar el éxito a la plaza de Pilar, pero para un veterano que ya cumplió sus terceros 19 años de vida, suena suficiente.

Deja un comentario